EL
HUECO
En
la visualización, ella me iba guiando, oía su voz diciéndome que
pensara en llevar algo de él como para dejar en el lugar, pero yo
sentía que no había nada de lo cual quisiera desprenderme, entonces
me alentó a que tomara unas piedritas y en un agua que corriera como
un arroyo las dejara ir.
Cuando
llegó el día del viaje tomé su armónica y la puse en el estuche
amarrillo; la luz y la alquimia del oro se me representaron.
Imaginaba también un mar de espigas y una sensación de amor me fue
transportando.
Bajé
del auto. Mi mirada se deslizó en la soledad y allí al costado del
camino estaban las rocas; me senté en la más alta. La música se
hizo oír en mis labios como un llamado. Mi ser estaba relajado pero
a la vez atento, sobre todo a la voz del viento que en ese momento me
abrazaba.
Cuando
me puse de pie, ella se deslizó por mi falda y se fue por entre las
rocas hasta llegar a la tierra. Recordé el ejercicio de
desprendimiento y no lo acepté. ¡Por favor no, la armónica no!
¡La
saco, como sea la saco! Metí una rama y noté que no la
tocaba, cerré los ojos y no sé si fueron segundos o
minutos, el tiempo no contaba.
Me
alertó percibir un leve ruido. Un tatú-mulita se arrastraba y algo
sobre la tierra brillaba como un sol. Era la armónica que
volvía. El agua mojaba mis pies.
Juana Rodríguez
"Lunares líquidos"
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