viernes, 16 de enero de 2015

Texto de Juana Rodríguez


EL HUECO   
En la visualización, ella me iba guiando, oía su voz diciéndome que pensara en llevar algo de él como para dejar en el lugar, pero yo sentía que no había nada de lo cual quisiera desprenderme, entonces me alentó a que tomara unas piedritas y en un agua que corriera como un arroyo las dejara ir.
    Cuando llegó el día del viaje tomé su armónica y la puse en el estuche amarrillo; la luz y la alquimia del oro se me representaron. Imaginaba también un mar de espigas y una sensación de amor me fue transportando.
     Bajé del auto. Mi mirada se deslizó en la soledad y allí al costado del camino estaban las rocas; me senté en la más alta. La música se hizo oír en mis labios como un llamado. Mi ser estaba relajado pero a la vez atento, sobre todo a la voz del viento que en ese momento me abrazaba.
     Cuando me puse de pie, ella se deslizó por mi falda y se fue por entre las rocas hasta llegar a la tierra. Recordé el ejercicio de desprendimiento y no lo acepté. ¡Por favor no, la armónica no!
     ¡La saco, como sea la saco!  Metí una rama y noté que no la tocaba, cerré los ojos  y no sé si fueron segundos o minutos, el tiempo no contaba.
     Me alertó percibir un leve ruido. Un tatú-mulita se arrastraba y algo sobre la tierra brillaba como un sol. Era la armónica que volvía.  El agua mojaba mis pies.
  Juana Rodríguez
"Lunares líquidos"
                                                                                    

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